Quienes hacemos escuela en América como compromiso cristiano, nos aprestamos a acudir, una vez más, a nuestra gran cita trienal: el Congreso Interamericano de Educación católica.
En esta su XXII edición, que se celebrará del 25 al 28 de enero de 2010, nos acogerá la hospitalaria ciudad primogénita del continente, Santo Domingo, en República Dominicana.
El tema que concitará nuestra atención y reflexión durante esos días será qué características deben definir nuestra identidad como escuela católica y qué tipo calidad educativa debemos ofrecer hoy, a partir de esa identidad.
Dos temas importantes, si los hay, para quienes entendemos la educación como una delicada responsabilidad social y como una inaplazable misión de iglesia.
Lo primero será definir nuestra identidad: quiénes somos y cuál es nuestra misión, como escuela, en la iglesia y en el mundo: Ello implicará el necesario reencuentro con nuestros orígenes, con nuestros compromisos primarios, pero al mismo tiempo con los retos que nos plantea la hora presente y la que se avecina. No hay otra manera de ser fieles hoy al carisma educativo con el que hemos sido bendecidos y honrados, si no es respondiendo a las inquietudes, a los problemas y a las esperanzas que tienen hoy los pueblos de América. Y si es rotundamente cierto que no podemos perder nuestro enraizamiento en lo que es nuestra razón de ser como educadores cristianos, tampoco podemos dejar de acompasar nuestro paso con los hombres y mujeres que hacen camino a nuestro lado, a lo largo y ancho del continente.
Por otra parte, estamos convencidos, hoy más que nunca, de que sin una educación de verdadera calidad para todos sus ciudadanos nuestros pueblos no tienen futuro. Y eso nos lleva a preguntarnos no sólo si nuestra oferta educativa está realmente abierta a todos (compromiso del pasado congreso) sino también qué tipo de calidad debiéramos ofrecer desde nuestros centros sin renegar de nuestra misión cristiana. Porque la calidad ha hecho parte siempre de nuestros proyectos educativos, pero quizás no siempre hemos tenido claro de qué calidad estamos hablando. ¿Una calidad meramente académica y técnica, a lo sumo humana, o una calidad realmente penetrada por el proyecto humanista de Jesucristo? Es hora de detenernos a pensar por qué derroteros y hacia qué metas deben marchar nuestros paradigmas de calidad educativa.
Esa será nuestra tarea en San Domingo, y debemos prepararnos. Por eso la CIEC ha organizado, por toda América, a lo largo de todo este año, una gran misión continental, preparatoria, de reflexión sobre los dos temas que nos centrarán en el Congreso. Así no llegaremos a Santo Domingo como turistas ansiosos de sol caribeño, sino como cristianos movidos por una inquietud y apasionados por una tarea: encontrar puntos de referencia que nos permitan definir nuestras líneas de acción para los años difíciles pero retadores que nos esperan.
En la CIEC no dudamos de que quienes amamos realmente la educación, quienes sentimos vibrar en lo más profundo de nosotros mismos el impulso misionero y evangelizador, quienes entendemos que, como educadores cristianos, tenemos una palabra importante que decir sobre el futuro de nuestros pueblos, tomaremos muy en serio tanto esta etapa preparatoria como luego el Congreso.
Ya nuestros barcos han puesto la proa hacia Santo Domingo. Allí, donde América se descubrió a sí misma, los educadores católicos del continente, agrupados en la CIEC, también nos redescubriremos como tales, dispuestos a reinventar nuestro futuro desde una firme fidelidad a nuestra identidad y a nuestros compromisos.
Y porque lo hacemos con pasión de auténticos navegantes en el mar de la educación, estamos seguros de que Dios nos concederá a todos, como pedían los viejos marineros, buen viaje, buen viento y buena mar.